Galería Antonia Puyó. 8 de junio al 28 de julio

























Un lugar para la lentitud.
Algaba nos insta a la quietud de las imágenes de su cine, invitándonos a entrar en esta suerte de capilla en la que se ha convertido la galería Antonia Puyó, que recoge –más bien acoge– la pieza Octeto. Trinidad, pieza multicanal de casi 80’ de duración, construida en cinco movimientos y que es resultado de la adaptación ad hoc de una pieza de mayor envergadura, La Trinidad según Rublev.
Si bien las propuestas de Algaba han sido situadas en diferentes marcos, “videoinstalación”, “cine expandido”, “documental ficcional” (Aracil, 2015, Berthier, 2021). La realidad es que la obra de Paco Algaba, aun siendo un cine que en su formato opera desde la multipantalla, como otras propuestas de videoartistas, a pesar de la invasión y desbordamiento –cercano al cine expandido– de sus imágenes excluidas de la caja oscura y de la huida de la narración, la realidad es que el universo imaginal de Paco Algaba está más cerca de los postulados poéticos del cine que incide en ampliar los límites de la narración cinematográfica y proporcionar al público una experiencia única y transformadora. Un cine que en palabras de Susan Sontag (1961), interviene desde el arte de la reflexión, y que incide en el espectador, “como placer estético y sensual e invita al uso de la inteligencia”. O como Serge Daney (1981) afirma “hay películas que te entregan sus llaves en la mano. Otras no. Cuando eso sucede, uno debe convertirse en su propio cerrajero”.
Adentrándonos en la pieza, parecería que el cineasta ha querido cerrar un ciclo agotado en aspectos más políticos, sobre nación y territorio de sus últimos trabajos, volviendo a una escritura más personal e íntima. Retornando a un origen más lírico, incluso más espiritual. Pero lo cierto es que la necesidad de explicar desde lo poético y desde un formato más camerístico en vez de sinfónico, como en sus últimos trabajos, es lo que le ha devuelto al principio de todo y al mismo tiempo, a idéntico lugar. Si en Europa Solar (2014) trabajaba la politización del territorio y en Volksgeist (2019) deslizaba el paisaje como una construcción cultural, en Octeto. Trinidad encontramos el anhelo del terreno libre de símbolos culturales.
Dispositivos: contemplación y escritura.
“Soy un paisajista” dirá Paco Algaba en innumerables ocasiones, limítrofe a un quehacer del XIX. Habrá que recordar que con la irrupción del romanticismo el paisaje se consagró como un todo aniquilando cualquier condición escenográfica, colocándose en el centro absoluto del universo. Se sitúa como protagonista también de un cambio de paradigma de pensamiento, configurador y constructor del mundo. Surgiendo un nuevo género vinculado a una capacidad de exaltación de algo mayor que la belleza, lo sublime. Según Kant y las distinciones que esgrime en su famosa Crítica del juicio (1790) lo bello es aquello que transmite una sensación de placer. Aquello que confirma la esperanza del hombre de vivir en un mundo armonioso. En cambio, lo sublime, se vincula a las experiencias que trastornan las aspiraciones humanas evocandose en torno a fenómenos que, debido a su naturaleza ilimitada o excesiva, superan la comprensión y la imaginación del ser humano. La ruptura con esa belleza es a la que nos arrastra el artista, insertando y solapando lo cercano y lo lejano, colocándolos en un mismo plano y, paradójicamente, despojando de ese “paisajismo” a la imagen. Revelando su desnudez.
Para aprehender ese terreno del que hablamos, la cámara de Paco Algaba se transforma en objeto de escritura y su proceso, en un trabajo artesanal que contribuye a eliminar de la imagen aquello que la hace subsidiaria del objeto preexistente, borrando todas las huellas que la unen con la realidad aparente, con lo anterior, de la misma manera que Friedrich borraba una y otra vez las huellas humanas en el lienzo Monje junto al mar (1810) hasta convertirla en una mera mancha. Los planos de Paco Algaba no son solo un encuadre sino una invención, un sueño, y no existen antes de su transformación. Atendiendo a la taxonomía de la imagen, que plantea Zunzunegui en su libro Paisajes de la forma (1994), nos encontraríamos ante la evocación de lo que hay más allá. Pero, más allá, no nos engañemos, no hay nada. Algaba aclara “no muestro ninguna solución”, apenas descubrimos el problema. La cuestión nuclear que se desvela aquí y en trabajos anteriores y que tiene esa impronta anarquista del XIX es la del individuo frente al mundo, un mundo excesivamente fragmentado, parcelado y culturizado, que eclipsa el concepto de terreno primigenio.
Octeto. Trinidad. La montaña, la casa y el árbol.
En esta pieza coinciden dos aspectos que de forma rizomática se superponen y se alimentan. Por un lado lo que Sabine Hänsgen (2011) llama la “estética de las imágenes fijas”, una sensación de pausa construida desde la utilización de secuencias largas, de un movimiento mínimo tanto interno como de cámara, de silencios repetidos y de congelaciones en la representación del espacio al que nos vemos convocados desde las diferentes pantallas. Y por otro, el estancamiento musical que, como explica Benet Casablancas en Paisajes del romanticismo musical (2020), se descubre como un mecanismo para incrementar la tensión discursiva y que el oyente percibe como un obstáculo de ese flujo discursivo. Los no lugares que Paco Algaba describe en su texto visual se tornan en esos obstáculos que tensan y destensan el ritmo, intercalando espacios vacíos con espacios simbólicos. Las pantallas actúan presas de ese ritmo oculto dirigido por los cinco movimientos que discurren en los casi 80’. La pieza arranca con Regreso a Barentsburgm, donde encontramos esos espacios de la lejanía que se introducen a modo de estancamiento o de extrañamiento por pura desubicación, para seguir con De árboles y del nacimiento de la montaña, donde se ubica la ley que nos acoge, El refugio como la casa que deviene de la ley de la montaña, Tan sólo es obediencia, inherente a la vida y para cerrar Montañas nevadas, buscando lo extraordinario en lo ordinario.
Octeto. Trinidad formará parte de una tetralogía sobre el lugar al que pertenecemos. Desapariciones y apariciones. De ahí radica la omisión del hombre, y al mismo tiempo la aparición de su reflejo como árbol, su huella como casa o la montaña como orden.
La obra de Paco Algaba opera entre el distanciamiento y el estancamiento musical, entre el extrañamiento de lo ordinario y el hallazgo de lo extraordinario. La incansable búsqueda de la verdad en lo pequeño se encuentra inscrita en su trabajo desde sus inicios, y para encontrarse con la verdad tan sólo es necesario un árbol, o ¿la imagen de un árbol?, quizá tan sólo el recuerdo de ese árbol.
María Enfedaque Sancho Mayo, 2023